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“Todo es verdad y todo es mentira, todo depende del cristal con que se mira”.
Siempre hay 2 versiones para cada historia y hoy queremos contar la nuestra.
En enero de 2019, Eduardo llegó al campamento con gran entusiasmo, especialmente por el campeonato de baloncesto que se llevaría a cabo en el día deportivo. Sin embargo, su ánimo se desplomó al enterarse de que el torneo masculino había sido cancelado por falta de equipos. Justo cuando su decepción se hacía más grande, descubrió que el campeonato femenino sí se jugaría. Sin dudarlo, se dirigió a la cancha para ver un poco de acción en su deporte favorito.
El partido no era precisamente de alto nivel, pero lo que le faltaba en habilidad le sobraba en diversión. Entre risas y jugadas improvisadas, hubo una jugadora que captó por completo su atención. Cada vez que intentaba lanzar el balón, su movimiento parecía más un paso de ballet que un tiro al aro. Lo más gracioso de todo es que, por más intentos que hacía, el balón nunca entraba. Eduardo no podía contener la risa y, al mismo tiempo, sintió una curiosidad enorme: ¿quién es ella? ¿Es bailarina? ¿Cómo se llama?
Desde esa misma noche, Eduardo inició una intensa búsqueda exhaustiva de información. Con la ayuda de un grupo de amigos (y algunos desconocidos que se unieron a la conversación en su tienda de acampar), logró averiguar su nombre: Larissa. No solo eso, sino también detalles como su número de cédula, redes sociales, teléfono, dirección y hasta la institución en la que estudiaba. Todo parecía ir bien hasta que un chico desconocido lanzó una advertencia:
—Ni le ponga el ojo porque ella es mía.
Eduardo, sorprendido, se sintió en medio de un duelo de telenovela. Pero eso no detuvo su interés.
Mientras tanto, Larissa vivía el campamento sin la menor idea de que alguien la había estado observando con tanta atención. Para ella, Eduardo no existía. Nunca habían cruzado palabras, y entre tanta gente era difícil siquiera notar su presencia.
Llegó el viernes por la noche, el momento del esperado baile. Larissa, sin pensarlo mucho, se acercó a un grupo de amigos cerca de la pista de baile y, para abrir espacio en el círculo, tomó del hombro a uno de ellos y se presentó. Ese chico era Eduardo. Sin embargo, ella simplemente se retiró de manera natural y siguió disfrutando de la fiesta, sin imaginar que, para Eduardo, ese simple gesto significaba su primer gran encuentro.
Para él, la noche había sido un torbellino de emociones. Para ella, solo una noche más de diversión.
El último día del campamento, Eduardo seguía con la esperanza de hablar con Larissa antes de irse. Desde una pequeña colina, la observaba a la distancia, tratando de reunir valor para acercarse. Sin mucho disimulo, Larissa notó sus miradas, pero no hicieron contacto. Justo cuando Eduardo se decidía a actuar, llegó su transporte. El carro empezó a moverse y, en un impulso de despedida dramática, sacó la cabeza por la ventana y agitó la mano con determinación.
Larissa, sorprendida, le devolvió el gesto con una sonrisa.
Al llegar a casa, Larissa tenía muchas anécdotas que contarle a su mejor amiga, Nicolle. Habló de los amigos que hizo en la iglesia y de los buenos momentos vividos. Pero Nicolle, con la curiosidad de siempre, le preguntó si había conocido a alguien que le llamara la atención.
—Pues… había un chico agradable, de ojos bonitos, pero es menor que yo, así que nada —respondió Larissa sin darle demasiada importancia.
Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento era que aquel encuentro fugaz no sería el final de su historia, sino apenas el principio.
Fotografías:
(1) Screenshot que Larissa tomó para mostrarle a su mejor amiga el chico de ojos lindos.
(2) Fotos tomadas en el SOY del torneo al que Eduardo hace referencia.
Después del campamento SOY, la vida siguió su curso. Eduardo no olvidó a Larissa, pero asumió que probablemente nunca volvería a verla. Fin de la historia.
O eso pensaba.
Meses después, los padres de Larissa organizaron un almuerzo con los presidentes de Estaca de Costa Rica Este. Como era un evento familiar, invitaron también a las esposas e hijos. Entre ellos, los papás de Eduardo, que recientemente habían sido llamados como presidentes de misión… y que, sin saberlo, llevaron a su hijo a la casa de Larissa.
Cuando Eduardo entró al comedor y vio a Larissa, sintió como si la banda sonora de su vida se detuviera en seco.
"No puede ser."
Era ella. La misma chica del campamento. La de los tiros fallidos con gracia de bailarina.
Mientras tanto, Larissa… bueno, simplemente estaba sirviendo comida sin imaginarse que Eduardo estaba teniendo un colapso interno. Por fuera, él intentó actuar casual (con un éxito relativo). Intercambiaron algunas palabras, pero nada demasiado significativo. Sin embargo, esa tarde, Eduardo tomó una decisión:
"Voy a escribirle."
Y así lo hizo. Empezaron a hablar esporádicamente, sin mucha constancia. Para Larissa, era una amistad más, alguien con quien conversar de vez en cuando. Para Eduardo, era su nueva misión personal.
Hasta que, en 2019, le entró el análisis estratégico (como buen administrador de negocios):
"Voy a la misión por dos años. Si Larissa no planea ir, en tres años estará casada. Fin de la historia."
Para salir de dudas, le lanzó la pregunta del millón:
—¿Piensas ir a la misión?
Mientras tanto, Larissa, sin sospechar que estaba destruyendo un corazón en tiempo real, respondió sinceramente:
—No tengo planeado ir y si encuentro un buen muchacho, me caso.
¡Error crítico en la simulación!
Eduardo, sintiéndose derrotado, decidió que lo mejor era cortar la comunicación y seguir adelante. En su mente, Larissa ya estaba destinada a casarse con otro, tener una familia feliz y probablemente adoptar un perro.
Mientras tanto, Larissa estaba tranquilamente en su mundo, sin entender por qué Eduardo se había alejado de repente. Para ella, él era un buen amigo con quien hablaba ocasionalmente.
Pasaron los meses y se contactaron un par de veces más. Larissa notó que Eduardo hablaba mucho de su preparación para la misión, lo cual le llamó la atención. En secreto, ella ya estaba considerando y orando para saber si debía servir en una misión, pero no le dijo nada a Eduardo.
Hasta que, en Agosto de 2020, Larissa reapareció en su vida de la manera más inesperada:
—¡A ver si puedes hacer una voltereta sin que se te caiga un zapato!
Eduardo, confundido pero intrigado, aceptó el reto absurdo. Y así, con un simple juego sin sentido, volvieron a hablar.
Él, viendo una segunda oportunidad, repitió la gran pregunta:
—¿Piensas ir a la misión?
Esta vez, la respuesta fue diferente:
—Lo estoy pensando.
Para Eduardo, eso significaba esperanza. Pero cuando finalmente parecía que la historia tomaba el rumbo correcto… Larissa dejó de responder.
"Se acabó," pensó Eduardo. "Ya encontró al buen muchacho."
Mientras tanto, Larissa estaba tranquilamente en su proceso personal, sin imaginar que Eduardo estaba en modo drama total.
Hasta que, meses después, recibió un mensaje inesperado:
—¡Adivina qué!
Eduardo, con el corazón latiendo como si estuviera en una final de la NBA, leyó la respuesta:
—Abrí mi carpeta misional.
Para Eduardo, eso significaba victoria.
Mientras tanto, Larissa estaba simplemente emocionada por su decisión, sin imaginar que Eduardo, en su mente, ya estaba calculando fechas y posibilidades de salir con ella después de la misión.
En enero de 2021, Larissa anunció que ya tenía su asignación y que pronto saldría a la misión a Irlanda-Escocia el 21 de abril.
Mientras tanto, Eduardo seguía en su propia preparación, con una pequeña gran esperanza escondida en su corazón: "Si todo sale bien, después de nuestras misiones, habrá una segunda oportunidad."
Lo que ninguno de los dos sabía era que el destino aún tenía más sorpresas bajo la manga.
-El arte de ignorar (y enamorarse sin querer)-
Eduardo fue asignado a Costa Rica. Larissa, a Escocia-Irlanda. Cada quien en su lugar... hasta que el destino —con ayuda de una pandemia mundial— decidió darles una pequeña sorpresa: Larissa fue reasignada temporalmente a Costa Rica. Tres meses. Mismo país. Mismo tiempo. Coincidencia divina.
Cuando Eduardo, quien trabajaba como secretario de la misión, se enteró, casi se cae de la silla. Sin embargo, como buen estratega emocional, decidió que lo mejor sería ignorarla completamente para no enamorarse.
Larissa, con su intuición afilada, no tardó en notar el comportamiento extraño de su antiguo amigo. Para ella, ambos eran siervos del Señor, y su amistad debía estar marcada por respeto y propósito. Sin embargo, Larissa no lograba entender por qué un "amigo" de años la evitaba de manera tan evidente en actividades o conferencias. Incluso en momentos en que debía pasar cerca de ella, Eduardo apenas decía un breve "Hola hermana Chaverri" para luego seguir conversando animadamente con otras hermanas, ignorándola por completo.
Larissa, que inicialmente pensaba que Eduardo era simplemente arrogante, terminó realmente molesta después de un Día de Preparación en Heredia, donde, tras horas compartiendo la misma actividad sin una palabra de parte de él, recibió un correo preguntándole cómo había estado su día. La indignación fue tal que decidió confrontarlo:
—¿Cómo es posible que en persona ni se acerca a saludar, pero apenas se sube al carro, me manda un correo como si no hubiésemos estado en el mismo lugar?
Eduardo trató de justificarse con su lógica masculina: no quería enamorarse antes de tiempo. Sin embargo, Larissa había tomado una decisión radical: no más correos, no más Eduardo. Semanas después, ella fue reasignada a su misión en Honduras, lo que hizo que Eduardo se pusiera las pilas para aclarar el malentendido. Esta vez, él no usó tácticas de guerra fría, sino sinceridad (y un poco de encanto). Conversaron, aclararon las cosas, y Larissa descubrió que aquel comportamiento distante no venía de arrogancia ni desinterés, sino de un intento torpe pero sincero de proteger su corazón.
Desde entonces, comenzaron a escribir con regularidad, compartiendo experiencias espirituales y fotos de su servicio. Sin saberlo, ya habían empezado a escribir el primer borrador de su propia historia de amor.
¡Gracias por acompañarnos a redactar este nuevo capítulo de nuestra historia!